Educación sexual positiva y de calidad.

Dentro del currículo escolar de nuestro sistema educativo, encontramos que una de las finalidades básicas de la Educación es conseguir que el alumnado adquiera un desarrollo integral y completo, no solo a nivel cognitivo (a través de las matemáticas, lengua castellana…) sino también a nivel motor, social y emocional. Es aquí donde la educación sexual cobra todo su sentido.

Es importante, no entender la educación sexual tan solo desde el modelo médico. Cuando un centro educativo se decide, muchas veces a pesar de las miradas resignadas, los comentarios suspicaces y las trabas impulsadas por mitos y tabúes, a dar en sus aulas charlas sobre educación sexual, estas solo se limitan a informar de los peligros inminentes que corremos si no nos protegemos adecuadamente y de los “riesgos” de quedar embarazados en una época que no corresponde. Esto no es educación sexual, es información sobre riesgos y peligros.

 Una educación positiva y de calidad, abarca mucho más allá de las infecciones de transmisión sexual y los MEC (métodos anticonceptivos). Da un paso más profundo. No es información, pues la información es la hija menor de la educación. Informando no cambiamos actitudes y la finalidad última de una educación sexual de calidad es la adquisición de actitudes erotofílicas[1] y/o el cambio y erradicación de actitudes erotofóbicas, desmontando tabúes y mitos que arrastramos desde antaño.

Con la educación sexual positiva y de calidad, logramos entender que la sexualidad tiene más fines que la reproducción, va más allá. Nos sirve para comunicarnos, mejorar nuestra autoestima, para sentir placer. Podemos entender como somos, que tenemos diferentes gustos y preferencias, todos respetables, entendibles y saludables. Comprobamos como la diversidad es la piedra angular que define al ser humano, somos diversos, sexuados, cada uno con sus peculiaridades y sus maneras de entender la sexualidad. Por lo que no hay una sola sexualidad. La educación sexual se convierte por ello en: educación de las sexualidades.

Al entender así a la educación sexual, contribuimos a un cambio de paradigma, a una forma de entender el hecho sexual humano, desde un modelo abierto e integrador, que se cuestiona, que empatiza, que busca la verdad desde el cauce científico y riguroso. No emite juicios de valor, no adoctrina, sino que busca el pensamiento crítico y autónomo, en definitiva, busca la emancipación saludable del ser humano ante su sexualidad.

Educar en competencias emocionales, es otro de nuestros grandes retos. La educación sexual debe nutrirse y sustentarse también en los nuevos descubrimientos que están aportando investigadores y científicos sobre la educación emocional. Debemos enseñar a nuestros jóvenes a resolver conflictos, a entender sus propias emociones, saber gestionarlas, conocer las emociones en los demás y empatizar. A adquirir una actitud asertiva. En definitiva a conocerse mejor a sí mismos y a los demás.

Hoy, disponemos de especialistas, capaces de ofrecer una educación sexual abierta, saludable y de calidad. La formación inicial que aportan los currículos universitarios, suelen olvidar, lo importante que es que a nuestros alumnos/as les eduquemos en emociones y en actitudes erotofílicas. Para suplir esta carencia, existen nuevos cursos y talleres para toda aquella persona que desee formarse en una educación sexual de calidad y positiva. Ahora puedes contribuir a mejorar la calidad de vida de los más jóvenes, previniendo posibles trastornos y deficiencias futuras.

[1] Para saber más sobre erotofilia y erotofobia acudir a:  http://jalomanda.blogspot.com.es/2013/02/erotofilia-y-erotofobia-dos-maneras.html

 

Jose Alejandro Lopez

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